Argumento del discurso XXIV de “A favor del Inválido”
Nos encontramos frente al retrato magistral de uno de esos personajes que pululaban,sin duda, por las calles de Atenas en los albores del s.IV a.C.
Un inválido de edad mediana que suele ir apoyado en dos bastones para exagerar un poco su invalidez. Tiene un local cerca del ágora donde ejerce su oficio y donde se congregan un grupo de amigotes con los que tiene trato asiduo. Cuando ha de desplazarse por razones de su oficio, lo hace en un caballo prestado y con dificultades porque no puede pagarse el lujo de utilizar una silleta. Desde el punto de vista favorable con que lo presenta Lisias, resulta un tipo simpático y dicharachero; un decidor de refranes y de verdades como puños. Desde la óptica de su acusador es un barbián, un pícaro que se ha instalado en esa primigenia “seguridad social” que Solón había instituido para los mutilados de guerra y que con el tiempo, evolucionó hacia una especie de beneficencia para los pobres de solemnidad-y eventualmente para pillos con mucha labia capaces de fingirse inválidos. No sabemos cuál de los retratos es el más fiel, aunque nos inclinamos, más bien, por el segundos; pero tampoco es descartable una mezcla de ambos. En fin, nuestro inválido lleva ya varios años cobrando el subsidio, cuando de repente el sale un objetor en el examen ante el Consejo. Como en Atenas los tribunales eran uno de los medios más expeditivos para vengarse de alguien, lo más probable es que este adversario del inválido sea otro truhán, como él, que lo que busca es un arreglo de cuentas.El acusador ha presentado contra la percepción del óbolo por parte del inválido tres objeciones: a) Que no es inválido b) Que no carece de medios de vida al tener un oficio. c) Que es un sinvergüenza. Es evidente que las dos primeras serían definitivas ante un tribunal actual para retirarle el subsidio ya que atentan literalmente contra dos puntos de la ley. Pero el Derecho ático prefirió siempre siempre el canal de la retórica al de la cruda realidad. La //**dokimasia**// es un examen más de argumentos que de pruebas objetivas, y el litigio se tiene que ventilar en una pugna verbal para ver quién de los dos habla mejor ante los jueces. El inválido, por tanto, irá desmontando estas objeciones a través de reducciones al absurdo, articulados sobre todo en una cadena de //**entimemas**//, aunque a veces le falte al silogismo una de las premisas, generalmente la mayor. A veces estas reducciones al absurdo se logran mediante el planteamiento de supuestos grotescos del tipo “si yo no fuera un inválido podría entrar en el sorteo de los arcontes” o “si yo fuera rico, éste aceptaría un intercambio de bienes conmigo”. Desde el punto de vista de la construcción el discurso ves característicamente isíaco: revela una vez más la oculta maestría o la artificiosa falta de arte que distingue a Lisias