Guerras Médicas
1.2.1.- Antecedentes:
En las costas occidentales de Asia Menor, se encontraban colonias griegas, que se dedicaban principalmente al comercio, logrando desplazar en este aspecto a los fenicios. La prosperidad e independencia de estas ciudades jónicas terminó cuando cayeron una tras otra en manos del rey Creso de Lidia, siendo obligadas a pagar tributo.
La situación empeoró cuando el reino de Lidia cayó en manos del rey persa Ciro, en el 546 a.C, siguiendo las ciudades griegas el mismo destino.
Posteriormente, el rey persa Darío I gobernó las ciudades griegas con tacto y procurando ser tolerante. Sin embargo, como hicieron sus antecesores, siguió la estrategia de dividir y vencer, apoyando el desarrollo comercial de los fenicios, que habían sido anteriormente sometidos a su imperio, y que eran rivales tradicionales de los griegos.
Además de esto, los jonios sufrieron más golpes, como la conquista de su floreciente suburbio de Naucratis en Egipto, la conquista de Bizancio, llave del Mar Negro, y la caída de Sibaris, uno de sus mayores mercados de tejidos y punto de apoyo vital para el comercio.
De estas acciones surgió un resentimiento contra el opresor persa, sentimiento que fue aprovechado por el ambicioso tirano de Mileto, Aristágoras, para movilizar a las ciudades jónicas contra el Imperio Persa, en el año 499 a.C.
Aristágoras pidió ayuda a las metrópolis de la Hélade, pero sólo Atenas, que envió veinte barcos (probablemente la mitad de su flota) y Eretria (en la isla de Eubea), que aportó cinco naves, acudieron en su ayuda, no recibiendo ninguna ayuda de Esparta. El ejército griego se dirigió a Sardes, capital de la satrapía persa de Lidia, y la redujo a cenizas, mientras que la flota recuperaba Bizancio. Darío I, enardecido, mandó a su ejército, que destruyó al ejército griego en Éfeso, y hundió la flota helena en la batalla naval de Lade.
Tras sofocar la rebelión, los persas reconquistaron una tras otra las ciudades jonias, y después de un largo asedio arrasaron Mileto, muriendo la mayor parte de la población en batalla, y siendo esclavizados los supervivientes, y deportados a Mesopotamia.
1.2.2.- La Primera Guerra Médica (490 a.C.):
Tras el duro golpe dado a las polis jonias, Darío I se decidió a castigar a aquellos que habían auxiliado a los rebeldes, encargando la dirección de la represalia a su sobrino Artafernes y a un noble llamado Datis.
Mientras tanto, en Atenas algunos hombres ya veían los signos del inminente peligro. El primero de ellos fue Temístocles, elegido arconte el 493 a.C. Temístocles creía que la Hélade no tendría salvación en caso de un ataque persa, si Atenas no desarrollaba antes una poderosa marina.
De esta forma, fortificó el puerto de El Pireo, convirtiéndolo en una poderosa base naval, pero Milcíades se opuso, porque consideraba que los griegos debían defenderse primero por tierra. Los atenienses decidieron poner en sus manos la situación, enfrentando así la invasión persa.
La flota persa se hizo a la mar en el verano de 490 a.C, dirigidos por Artafernes, conquistando las islas Cícladas y posteriormente Eubea, como represalia a su intervención en la revuelta jonia. Posteriormente, el ejercito persa, comandado por Datis, desembarcó en la costa oriental del Ática, en la llanura de Maratón, lugar recomendado por Hipias (anterior tirano de Atenas) para ofrecer batalla, por considerarla el mejor lugar para que actuara la caballería persa.
La batalla de Maratón (septiembre de 490 a.C.):
Milcíades, avisado del desembarco persa, increpó a los atenienses a hacerles frente. Enviaron al corredor Filípides a Esparta para solicitar ayuda, recorriendo a caballo 220 kilómetros en un día. Los espartanos prometieron enviar ayuda, pero, por razones religiosas, no podrían hacerlo sino hasta seis días después. Milcíades no podía esperar tanto tiempo, y se lanzó al ataque contra los persas con los efectivos con los que contaba. Las cifras de los atenienses fluctuaban probablemente entre los 10.000 ó 15.000 combatientes, y las fuerzas persas con unos 20.000.
Los griegos se acercaron a los persas, quienes respondieron con una lluvia de flechas, eludiendo los griegos éstas al precipitarse contra el enemigo, consiguiendo así forzar la disposición en cerradas formaciones de los persas, que impedían el uso de la caballería.
Esta acción resultó determinante, pues los persas no podían hacer mucho contra las largas lanzas de las fuerzas hoplitas, preparadas para un combate cuerpo a cuerpo, ya que sus arcos no les servían, y los sables, puñales y espadas cortas no podían hacer gran daño a los griegos protegidos con coraza. Los persas ofrecieron, sin embargo, una gran resistencia, consiguiendo romper en un momento el cerco griego, pero reagrupados los flancos helenos, estos últimos los pusieron en fuga hasta el lugar del desembarco, donde se entabló la última parte del combate.
Los atenienses capturaron siete barcos, pero eran insuficientes para cortar la retirada del ejército enemigo, que fue totalmente masacrado. Las tropas persas, derrotadas, regresaron a Asia, pero eso no significaba que estuviera solucionado el problema entre persas y griegos, pues pronto estallaría una nueva guerra.
Filípides, según cuenta la leyenda, fue mandado por Milcíades a recorrer los 48 kilómetros que separaban a Maratón de Atenas para anunciar la victoria griega. Tras anunciar la victoria con la frase "¡Alegraos, atenienses, hemos vencido!", se derrumbó por el esfuerzo y murió.

1.2.3.- La Segunda Guerra Médica (480 a.C.):
El victorioso Milcíades quiso aprovechar el momento de gloria para expandir el poder de Atenas en el Mar Egeo, por lo que poco después de Maratón envió una parte de la flota contra las islas Cícladas, sometidas todavía por los persas. Atacó la isla de Paros, exigiendo a su habitantes el tributo de 100 talentos, y al negarse la ciudad le puso sitio, pero la defensa fue tan ardua que los griegos tuvieron que contentarse con unos pocos saqueos. Este pobre resultado empezó a desilusionarlos con respecto a Milcíades, llegando a verlo, incluso, como un tirano que despreciaba las leyes.
Los enemigos de Milcíades lo acusaron de haber engañado al pueblo y lo sometieron a proceso. Se le declaró culpable, condenándolo a pagar la elevada suma de 50 talentos. Poco después moriría a causa de sus heridas. Sería ahora Temístocles quien tomaría las riendas de Atenas
En el año 481 a.C, los representantes de diferentes polis, encabezados por Atenas y Esparta, firmaron un pacto militar (συμμαχία) para protegerse de un posible ataque del Imperio Persa. Según este pacto, en caso de invasión correspondería a Esparta la tarea de dirigir el ejército helénico.
Tras la muerte de Darío, su hijo Jerjes subió al poder, ocupándose de reprimir revueltas en Egipto y Babilonia, y preparándose para atacar a los griegos. Antes había enviado embajadores a todas las ciudades griegas para pedirles sumisión. Muchas islas y ciudades aceptaron, pero no Atenas y Esparta.


La batalla de Termópilas (480 a.C):
El poderoso ejército de Jerjes, unos 60.000 ó 70.000 hombres, partió el 480 a.C. Cruzaron el Helesponto, y siguiendo la ruta de la costa se adentraron en la península. Las tropas helenas, que conocían estos movimientos, decidieron detenerlos el máximo tiempo posible en el desfiladero de las Termópilas (que significa Puertas Calientes). En este lugar, el rey espartano Leónidas I situó a unos 300 soldados espartanos y 1.000 más de otras regiones. Jerjes le envió un mensaje increpándolos a entregar las armas, a lo que respondieron negativamente. Tras cinco días de espera, y viendo que su superioridad numérica no hacía huir al enemigo, los persas atacaron. La estrechez del paso les hacía combatir con similar número de efectivos en cada oleada persa, por lo que no les quedó más opción que replegarse después de dos días de batalla.
Pero ocurrió que un traidor, llamado Efíaltes, condujo a Jerjes a través de los bosques para llegar por la retaguardia a la salida de las Termópilas.
La protección del camino había sido encomendada a 1.000 foceos, que tenían excelentes posiciones defensivas, pero se acobardaron ante el avance persa y huyeron. Al conocer la noticia, algunos griegos hicieron ver lo inútil de su situación para evitar una matanza, decidiendo entonces Leónidas dejar partir a los que quisieran marcharse, quedándose él y sus espartanos firmes en sus puestos. Atacados por el frente y la espalda, los espartanos sucumbieron después de hacer pagar a los persas un gran tributo en sangre.
La batalla de Salamina (septiembre de 480 a.C.):
Con el paso de las Termópilas, toda la Grecia central estaba a los pies del rey persa. Tras la derrota de Leónidas, la flota griega abandonó sus posiciones en Eubea y evacuó Atenas, buscando refugio para las mujeres y los niños en las cercanías de la isla de Salamina. Desde ese lugar presenciaron el saqueo e incendio de la Acrópolis por las tropas dirigidas por Mardonio.
A pesar de ello, Temístocles aún tenía un plan: atraer a la flota persa y entablar batalla en Salamina, con una estrategia que lograría vencerles. Jerjes decidió entablar combate naval, utilizando un gran número de barcos. Sin embargo, la flota persa no tenía coordinación al atacar, mientras que los griegos tenían perfilada su estrategia: sus alas envolverían a los navíos persas y los empujarían unos contra otros para privarlos de movimiento. Su plan resultó y el caos cundió entre la flota persa, con nefasto resultado: sus barcos se obstaculizaron y chocaron entre sí, yéndose a pique muchos de ellos.
La noche puso fin al combate, tras el cual se retiró destruida la otrora poderosa armada persa.
1.2.4.- Fin de las Guerras Médicas:
Temístocles quiso llevar la guerra a Asia, enviar allí la flota y sublevar las colonias jónicas contra el rey de Persia, pero Esparta se opuso, por el temor de dejar desprotegido el Peloponeso.
El ejército persa volvió a invadir el Ática en el año 479 a.C. Mardonio ofreció la libertad a los griegos si firmaban la paz, pero el único miembro del consejo de Atenas que votó por esa causa fue condenado a muerte por sus compañeros. De esta forma, los atenienses hubieron de buscar refugio nuevamente en Salamina, siendo incendiada su ciudad por segunda vez.
Al enterarse de que el ejército espartano se dirigía contra ellos, los persas se retiraron hacia el Oeste, hasta Platea. Dirigidos por su regente Pausanias, los espartanos lograron otra estruendosa victoria sobre los persas. Junto a la victoria en Platea, ocurrió poco tiempo después el hundimiento de la flota persa en Mícale, que fue además la señal para el levantamiento de los jonios contra sus opresores. Los persas se retiraron de la Hélade, poniendo así fin a los sueños de Jerjes de conquistar el mundo helénico. De esta forma las Guerras Médicas, que enfrentaron por primera vez a Oriente y a Occidente, llegaron a su fin.